Las líneas estructuran de forma orgánica el vacío del papel, hasta crear un espacio autónomo en el que se inscribe la información. Cada dibujo sintetiza, en una representación codificada y concreta al mismo tiempo, un concepto o reflexión abiertos a la interpretación, pero dirigidos intencionadamente por el autor. De los acontecimientos reales se extraen las ideas arquetípicas, las que pueden desarrollarse con mayor amplitud dialéctica y ser aplicadas a un gran número de situaciones concretas. Las imágenes aisladas tienen sentido por sí mismas, pero cuando se contemplan varias a las vez se establece un diálogo que hace posible una comprensión más completa y profunda de cada una; no existe entre ellas una continuidad lineal en sentido estricto, pues la narración subyacente que las engloba no es otra que la propia Historia.

Los procesos históricos esenciales están contenidos en el intervalo cotidiano, en lo que sucede antes o después del momento culminante. La representación queda despojada de dramatismo o heroicidad individuales, los personajes actúan como representantes de clase, matizados pero no individualizados. Existen unos tipos básicos que se van repitiendo en cada imagen, si bien en cada situación y en cada época su lugar en la sociedad es diferente. Los conflictos se presentan desde un punto de vista no maniqueo que permite al espectador posicionarse libremente, siempre evitando caer en un relativismo que neutralice la posibilidad de juicio; las contradicciones, a veces irresolubles, se entienden no sólo como reflejo de lo real sino también como factores del cambio. La claridad descriptiva y la abundancia de detalles convierten las metáforas en nuevas realidades, codificadas de forma coherente: fábulas sin una moraleja obvia, fragmentos de una mitología contemporánea.

 

 

 

 

 

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